Supermercados arrasados 

Érase una vez un planeta que, de la noche a la mañana, enloqueció por un virus travieso que puso en jaque a 8.000 millones de personas. De un día para otro enviaron a los niños a casa, se recetó cuarentena a todos los abuelos y teletrabajo a los empleados. Y salvo las farmacéuticas, los medios de comunicación y los supermercados, todas las industrias y sectores comerciales empezaron a padecer la situación. 

Y sí, en aquel mundo vírico era evidente que los supermercados no iban nada mal. Me acerqué a uno con el objetivo de comprar pan, una bolsa de naranjas y leche sin lactosa semidesnatada y me encontré con decenas de personas llenando los carros sin ton ni son. Comentaban unos con otros que lo habían visto hacer en algunos países vecinos y que es mejor poner las barbas a remojar… Fui recorriendo los pasillos y por ahí seguían, algunos ataviados con mascarillas y guantes. 

Pensé en que yo (que quede entre nosotros), que ni siquiera me pongo los guantes para tocar la fruta, era carne de cañón ante el virus. Entorné los ojos en el pasillo de los encurtidos y tuve la sensación de empezar a ver unas extrañas micropartículas que no había visto hasta ahora. ¿Serían ellos? ¿Sería el virus ese del que todo el mundo habla? ¿Y qué hacía yo en el pasillo de los encurtidos si había venido a por leche y poco más?

Justo antes de encaminarme al pasillo de los lácteos volví a la zona de la fruta y rapiñé dos o tres pares de guantes de plástico. Bien es cierto que no son precisamente los que recomiendan las autoridades pero menos da una piedra. Entonces me acerqué a por mi leche sin lactosa semidesnatada y, ¡horror!, sólo quedaba un cartón.

Justo delante de mí, otro ser humano ataviado con guantes de frutería esbozaba una sonrisa burlona mientras miraba de reojo su carro: allí había como diez cartones de sin lactosa semidesnatada. Se me habían adelantado. ¿Y qué sería de mí ahora? ¿Cuántas semanas podía aguantar sin leche antes de la llegada del apocalipsis? Continuará…